Salvar al soldado Dívar

Poco a poco se van conociendo las maniobras del Gobierno para conseguir que Divar no abandonara el Supremo,  ante asociaciones de magistrados e incluso el Partido Nacionalista Vasco. Se trata de un gran ejercicio de respeto a la independencia del Poder Judicial que en una democracia real hubiera terminado con la carrera política de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

Que lo haga una vicepresidenta de 41 años, recién cumplidos, es la medida de lo viejuna que es la cultura política gobernante en España. Pero cuando alguien hace esas gestiones, asumiendo el riesgo de que se conozcan, es porque el vínculo de deudas o colaboraciones es muy fuerte y porque las consecuencias política son irrelevantes.

En España, por su debilidad democrática, la independencia entre poderes es apenas una ficción. Sólo hay que ver a Fernando de Rosa, el valido de Camps, que aspira a heredar el sillón que Dívar ha dejado vacío.

Pero el caso de la vicepresidente es brutal. Estamos hablando de la utilización de un cargo público, que no es de su propiedad, para salvar a un corrupto y tratar de que se mantenga en su puesto a pesar de haber malversado fondos públicos. Sigue leyendo