30 de agosto, Día Internacional de los Desaparecidos
Una luz tenue y compacta, cálida y viscosa, ilumina a trompicones la habitación. Su respiración es agitada, dificultosa; sus pulmones tienen que hacer un gran esfuerzo para recoger el aire necesario. Con la manta estirada hasta la barbilla recorre con su mirada la pared de su cuarto. Escucha a lo lejos el rumor de una televisión que llega a sus oídos a través de la ventana del patio.
Hace unos minutos que el médico se ha despedido de él pero todavía no ha escuchado la puerta de la calle, así que debe estar hablando con su hija. Él ya sabe que la muerte la habita, le arrincona y conquista cada día un poco más del territorio de su existencia. Su vida en retirada sin que pueda hacer nada contra ese incontrolado tumor que anidó en su hígado y que los doctores han detectado cuando ya estaba colonizando su cuerpo.
Él que ha sido un hombre decidido, un luchador incombustible, siente la rabia de no poder plantar cara en esa batalla. Lo hizo en el Ebro, donde vio morir a miles de hombres; lo hizo cubriendo la retirada hacia Francia, conteniendo a las fuerzas fascistas para dar tiempo a los heridos a cruzar más allá de las garras del Caudillo. También cuando volvió a cruzar los Pirineos años después y fue detenido y apaleado, colgado de los pies y encarcelado y de su boca no salió un nombre, un dato que pusiera en riesgo a nadie.
Ahora una muerte sin rostro le devora la vida y él se siente invadido de recuerdos, de momentos que revive incapaz de colocarlos en un lugar o un tiempo: un hombre que muere en sus brazos susurrando el nombre de una mujer a la que ama, de una madre a la que quiere agradecerle la vida, de un hermano que llorará de dolor cuando conozca la noticia; un niño que busca a sus padres desesperado, tirando de todos los abrigos que le rodean para ver si reconoce unos ojos; una mujer que lo besa desesperado, cerca del frente, como si por su boca pudiera encontrar una puerta por la que alejarse de la muerte; los ojos del guardia civil que golpea con una porra en sus piernas, que disfruta al hacerlo, que lo insulta y ríe cuando le grita que acabará cantando como un jilguero; la mirada de la mujer de buena posición social que mira con desprecio a una madre que alarga el brazo mendigando, rodeada de tres niños que se aferran a ella; el gesto de impasible superioridad del coronel francés que apenas le mira mientras trata de convencerle de que hay que liberar España.
Seis balazos se alojaron en su cuerpo durante la guerra, doce años en cárceles franquistas, los tímpanos rotos a puñetazos y la cojera en una pierna después de que le pisotearan la rodilla varios guardias de la cárcel de Burgos.
Luchaba porque hay gente que no tiene oportunidad de hacer otra cosa para sobrevivir, por necesidad, por incapacidad de desobedecer o distanciarse de su identidad, de sus ideas, por falta de doble moral.
El sonido de la puerta de la casa al cerrarse le llega como una vibración del aire y pocos segundos después la hija se acerca y tratando de ocultar sus ojos enrojecidos le dice que todo está bien, que está respondiendo al tratamiento.
Sabe que el tiempo se agota, se evapora. Cuántas veces en su vida ha rozado la muerte, cuántas ocasiones ha estado frente a ella, abocado a rendirse a sus pies pero de pronto un hilo, una puerta entreabierta, una rendija le ha permitido encontrar una salida. De nuevo la impotencia de no poder enfrentarla, de no saber a dónde disparar, de no poder apuntar.
De pronto un recuerdo se despierta, le invade, se apodera de toda su consciencia, aparta la preocupación por su salud y se abre paso hasta invadir cada rincón de su mente. Han pasado pocos días después del golpe de Estado de 1936. Cada noche, en esos días, la guardia civil llega hasta la puerta de su casa y los tres hermanos, asustados, con la madre escondida tras la puerta temblando, salen a la calle para colocarse en formación y gritar sus nombres. Entonces el guardia les da permiso para ir a la cama. Entran en casa y la madre observa por una rendija de la contraventana cómo los guardias civiles, con el fusil al hombro, descienden por la puerta hacia el cuartelillo.
Pasan las semanas y cada noche se repite aquel control. Pero un día alguien avisa al hermano mayor de que esa vez van a detenerle y cuando oscurece, por la parte trasera de la casa, se echa al monte, con una manta y algo de comida. Horas después, llegan los guardias civiles, pero esa vez son cinco. Preguntan por el mayor y el padre responde que ha tenido que ir a visitar a un familiar. Uno de los guardias agarra al padre y le dice que si quiere mantener a toda su familia unida, mejor será que estén la próxima noche los tres hijos.
De nuevo en casa hablan de que el soplo era cierto, que venían cinco guardias cuando siempre lo hacen dos, que sería para oponerse a la resistencia. La madre dice que alguien vaya al monte y avise a su hijo de que se escape a Francia. Él opina que todos deberían irse esa noche del pueblo, pero el padre asegura que ha hablado aparte con uno de los guardias y le ha asegurado que si el hijo vuelve no va a pasarle nada.
Al final es el padre el que antes del amanecer sube a la montaña y a medio día regresa con el hijo. Esa noche vuelven los guardias, otra vez son cinco. Los tres hermanos salen a formar frente a la casa. En ese momento uno de los guardias saca la pistola y el resto les apunta con los fusiles. Se llevan al hermano asegurando que van a interrogarlo y no dan más explicación. La madre llora sobre la mesa de la cocina cuando entran en casa.
Saben lo que está ocurriendo en otros pueblos, las sacas que cada noche abandonan las cárceles con detenidos, camino de las cunetas. De nuevo el padre los tranquiliza, asegurando que confía en el guardia que le ha dado su palabra de que no pasará nada.
A la mañana siguiente es él, por ser el pequeño, el elegido para ir a llevar algo de ropa limpia y comida al hermano, así saben cómo ha pasado la noche. Se acerca al cuartelillo y allí en la puerta le dicen que a su hermano se lo han llevado a otro cuartel, pero nadie le dice a cuál.
Su respiración se agita y estira el brazo para alcanzar el vaso de agua que tiene en la mesilla. Bebe un trago y recuerda cómo regresa a casa corriendo para contar que el hermano ya no está. Se estremece al recordar el grito desgarrado de su madre, su ataque de locura golpeando las paredes, la forma en que el padre trata de tranquilizarla y ella le grita: “Tú lo entregaste, tú lo entregaste”. El rostro del padre envejeciendo veinte años en un segundo, delante de sus ojos y el nacimiento de un silencio que le acompañará durante el poco tiempo de vida que le queda.
De nuevo van al cuartelillo pero nadie sabe decirles qué ocurrió. Y recorren los pueblos de la zona en busca del cadáver sin dar con él. La madre no duerme imaginando el cuerpo duro y frío de su hijo en cualquier cuneta, devorado por las alimañas. Ellos recorren caminos, carreteras, montes, pero no dan con el cuerpo, para poder enterrarlo.
Aquella familia no volvió a ser una familia. La madre reprocha en silencio la obediencia del marido. El padre fuma sin parar y se castiga con la culpa de haberlo entregado. El hermano mediano dice que pudo haber sido peor. Y él se entrena en silencio para ir al frente y hacer que alguien pague por lo que les ha ocurrido.
Setenta años después, recién cruzado el umbral de los noventa, aquellos recuerdos tienen más vida que su propio cuerpo. Se siente agotado tras haber recordado toda aquella escena y se duerme profundamente, con la respiración agitada, en una casa en la que tras su muerte nadie podrá encontrar una medalla.
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Relato escrito a partir de un testimonio del docuemental “Después de….”, de Cecilia y José Juan Bartolomé, que puedes ver aquí: Después de…