ANCHOAS, TRAJES Y MUCHO, MUCHO RUIDO

¡Qué bonito es el ruido! Cuanto más suena menos se escucha la realidad, menos posibilidades hay de que la información se convierta en conocimiento, menos capacidad tiene la sociedad y los individuos que la forman de pensar, reflexionar y analizar críticamente lo que pasa. ¡Viva el ruido!

Hay teóricos que estiman beneficioso acercarse a los medios de comunicación esporádicamente, porque a menudo son el reflejo distorsionado de lo que pasa; que hay que recoger unos pocos fotogramas de la grabación de la realidad que hacen los medios e imaginar el resto, deducirlo, componerlo un pensamiento lógico.

A finales de los años noventa del pasado siglo y en los primeros del presente se produjo en nuestro país, calentado por la llegada del euro que obligó a salir a la luz mucho dinero negro, una inmensa burbuja inmobiliaria. La circulación de capital caliente corrompió a numerosos políticos; algunos de ellos no han dejado rastro. Miles de millones caminaron hacia el paraíso del ladrillo, llevándose por delante la honorabilidad de copncejales, alcaldes, comisionistas y traficantes de influencias.

Pero de toda esa inmensa bolsa de corrupción, lo que va a quedar va a ser la terrible anécdota de unos trajes regalados, un par de cochazos y unos botes de anchoas. Y alrededor, toneladas y toneladas de ruido en múltiples formas, con diferentes intensidades, desde distintos puntos.

El departamento de ruidos del Partido Popular ha subido a tope el volumen para que no consigamos escuchar cómo la mujer de Francisco Camps desenvuelve ese regalo con el que Correa se pasó 20 pueblos, o cómo los chascarrillos sobre unas anchoas desvían la mirada.

Tanto  ruido, tanto ruido, me ha multiplicado ad infinitum las ganas de ver la factura de la boda de la hija de Aznar; a ver cuntos pueblos se pasaron.

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