Un país lleno de llaves de Sarah

Estreno el año en el cine. Voy a ver La llave de Sarah. Y me estremezco al sentir que vivo en un país lleno de llaves como esa, que esconden secretos, que ocultan identidades, donde los hijos de verdugos no son hijos de verdugos sino de personas respetables, donde los hijos de víctimas no son hijos de víctimas, donde los propietarios de mucho patrimonio no son sus legítimos dueños, donde miles de hombres y mujeres no viven con sus familias biológicas, donde los jueces que trabajan por la justicia son delincuentes y los que encubren a los peores violadores de derechos humanos son magistrados.

Al salir del cine recuerdo que en el año 2005 una mujer de cuarenta y tantos años me vino a hablar. Me saludó y me dijo. !Aquí donde me ves, tengo dos años”. Ante mi mirada de extrañeza ella corrió a explicarse. “Mi abuela materna fue madre soltera. Una relación fugaz con un hombre que iba de paso por el pueblo el día de la verbena la dejó embarazada. Él hombre no volvió por allí y la abuela tuvo que luchar, en los duros años de la guerra y la posguerra, sacando adelante a su hija, sola, en un país donde esa situación tenía un enorme coste social”.

La mujer dio una profunda calada al cigarro que había dejado en un cenicero y continuó hablándome. “Y ahora te explico por qué tengo dos años. Ese tiempo hace que fui al pueblo de mi madre al funeral de un familiar lejano. Y tras la ceremonia una prima de mi abuela se acerca a mí para decirme que cómo me parezco a mi abuelo materno. Sorprendida le pregunté si había conocido a mi abuelo y me dijo que claro, que tenía la carpintería debajo de casa”.

La mujer, esta vez con el cigarro en la mano, le da dos caladas muy rápidas y lo aplasta contra el cenicero, girando con fuerza de izquierda a derecha. Incapaz de hablar mientras lo apaga, lo suelta y en ese mismo instante retoma su relato. “Resulta que mi abuelo era un carpintero, militante sindical, asesinado por pistoleros falangistas en el verano de 1936. Poco después mi abuela se mudó y prefirió hacerse pasar por una madre soltera que por la viuda de un rojo. Así que el día que supe quién era yo de verdad es el día en que nací”.

Cientos de miles de personas no han nacido en nuestro país y posiblemente no lo hagan nunca. Formamos parte de un baile de máscaras que parecen rostros, donde la identidad es una falsa identidad, donde las llaves de Sarah no han abierto miles de puertas que esconde secretos familiares y políticos.

POSDATA: Hace unas semanas estuve en un acto en la localidad albaceteña de Almansa, invitado por la Asociación Pablo Iglesias. Al finalizar una mujer que tendría setenta y pocos años se me acercó para saludarme y que le firmara un libro. “Leo todo lo que tiene que ver con ese pasado”, me dijo. Y me contó que su padre había sido miliciano republicano y había fallecido en los años cincuenta. Pero poco antes de morir le dijo: “Hija mía, si algún día puedes,entérate de lo que ha pasado en este país, que ha sido muy grave”: “Y desde que murió Franco y he podido”, explicó la mujer, “no he dejado de leer”: