¡Españoles… Robin Hood ha muerto! (Van a robar el dinero a los pobres para repartírselo a los ricos)

Llevo tres días oyendo que tengo que estar muy agradecido por el acuerdo del Gobierno, los empresarios y los sindicatos que rebaja mi futura pensión, alarga mi vida laboral y dificulta enormemente la entrada en el mercado de trabajo de mi hija. Ahora estoy oyendo que la reunión fue muy complicada, tantas horas y horas tirando y aflojando: ¿o aflojando y aflojando?

He leído los estatutos de los sindicatos que han firmado el acuerdo y en ellos se dice que defienden las reivindicaciones de los trabajadores. Y he debido perderme algo, porque no he visto una sola manifestación pública de trabajadores que hayan pedido que les retrasen la jubilación o les bajen su futura pensión.

Siempre me ha llamado la atención que sindicatos y empresarios pudieran firmar acuerdos, pero vivimos en la España del consenso esa fábrica de monstruos políticos construida gracias al espíritu de la Transición.  Respeto evidentemente el trabajo de los sindicatos y conozco a buenos sindicalistas que cumplen el deber de defender las reivindicaciones de los trabajadores. Pero en la Europa que mató a Robin Hood y le quita el dinero a los pobres para repartírselo a los ricos este modelo sindical no es el mejor de los posibles. En nuestra frontera norte se celebraron el año pasado varias huelgas generales, movilizaron miles y miles de personas en todo el país para enfrentarse a la decisión de retrasar la edad de jubilación de 60 a 62 años. Sigue leyendo

El Mundo y el PP apuestan por la confianza

Los llamados conspiranóicos buscan tramas ocultas detrás de cosas que parecen inconexas. Todos conocemos a alguno o alguna y quizá todos llevamos uno dentro.  En mi caso es así pero no se trata de buscar conspiraciones sino explicaciones. Son cosas que a veces ocurren de forma casual y otras después de estar pensando. Me ha ocurrido esta mañana, al contemplar la la portada del diario El Mundo en el que se ve cómo el presidente Zapatero es entrevistado por el periodista Casimiro García. En medio de la foto una imagen con el nombre del nuevo programa que el periodista comienza presentar en el canal de Pedro j. Ramírez. El programa se llama “En confianza”. Inmediatamente mi cerebro ha saltado al gran acto de propaganda del Partido Popular del pasado fin de semana en Sevilla. El eslogan elegido por los derechistas ha sido: “Puedes confiar”.

De repente la palabra confianza se convierte en un valor en alza. El eslogan del PP es abstracto, hay un sujeto que puede confiar, el que lo lee, pero no un objeto en el que se puede confiar. Eso es porque ese significado lo han dejado abierto; se trata de responder a la desconfianza hacia Zapatero, a la desconfianza hacia los políticos o de forma más profunda al hecho de que el PP ha detectado una gran masa de votantes al borde de una papeleta socialista que están a punto de saltar a una papeleta popular. Una forma de decirles: “Salta, no temas”.

Pero con respecto a la conexión entre el diario El Mundo y el Partido Popular no la tengo interpretada exactamente. Intuyo que algo hay. No es una mera suposición o falta de conexión. Si contemplo la portada del pasado domingo del diario El Mundo entiendo que algo hay. ¡Seguiremos informando!

¿Qué haremos con el Tribunal Supremo que condene a Garzón por la investigación de los crímenes del franquismo?

No queda mucho tiempo para que el juez Baltasar Garzón sea llamado por el Tribunal Supremo para sentarse en el banquillo de los acusados por su intento de investigación de las violaciones de derechos humanos de la dictadura franquista. Rechazados los juristas internacionales propuestos por la defensa del juez, acudirán a declarar como testigos un grupo de familiares y miembros de asociaciones de recuperación de la memoria histórica.

El juicio en cierto modo será un paripé porque la decisión de la sala que lo sentará en el banquillo está tomada hace tiempo. Eso nos da medida del poder que conserva la oligarquía franquista, un grupo de diferentes ideologías formado por privilegiados e hijos de privilegiados del régimen, que no están dispuestos a perder ni un milímetro de los bienes y la posición social conquistada gracias al asesinato de miles de civiles y al sostenimiento de una dictadura durante cuatro décadas.

El precio que va a pagar por ese juicio en su imagen internacional el Estado español es altísimo, pero a esa oligarquía que tanto amó y ama España, no le importa lo más mínimo el coste que pueda tener, mientras conserven sus grandes pisos robados en barrios “nobles”; los puestos de sus hijos en la administración pública, obtenidos cuando las oposiciones no eran oposiciones; las empresas nacidas al amparo de la producción del régimen o los miles de bebés que robaron esos grandes defensores de la familia.

Veremos a Manos Limpias, en colaboración con unos cuantos magistrados que les han ayudado a redactar bien su demanda, castigando al juez que estuvo a punto de romper la Ley de Hierro de la Transición. Una ley que en su primer artículo dice impunidad, en su segundo artículo dice impunidad y en su tercero dice para siempre impunidad.

Pero cuando pase el juicio, Baltasar Garzón sea sentenciado culpable y los franquistas vean recompensada su intranquilidad cuando vieron a ese juez abrir una causa que podía salpicarles: ¿qué haremos quienes no consideramos ni acatamos a un  Tribunal que trabaja contra las víctimas de la dictadura?

Un país lleno de llaves de Sarah

Estreno el año en el cine. Voy a ver La llave de Sarah. Y me estremezco al sentir que vivo en un país lleno de llaves como esa, que esconden secretos, que ocultan identidades, donde los hijos de verdugos no son hijos de verdugos sino de personas respetables, donde los hijos de víctimas no son hijos de víctimas, donde los propietarios de mucho patrimonio no son sus legítimos dueños, donde miles de hombres y mujeres no viven con sus familias biológicas, donde los jueces que trabajan por la justicia son delincuentes y los que encubren a los peores violadores de derechos humanos son magistrados.

Al salir del cine recuerdo que en el año 2005 una mujer de cuarenta y tantos años me vino a hablar. Me saludó y me dijo. !Aquí donde me ves, tengo dos años”. Ante mi mirada de extrañeza ella corrió a explicarse. “Mi abuela materna fue madre soltera. Una relación fugaz con un hombre que iba de paso por el pueblo el día de la verbena la dejó embarazada. Él hombre no volvió por allí y la abuela tuvo que luchar, en los duros años de la guerra y la posguerra, sacando adelante a su hija, sola, en un país donde esa situación tenía un enorme coste social”.

La mujer dio una profunda calada al cigarro que había dejado en un cenicero y continuó hablándome. “Y ahora te explico por qué tengo dos años. Ese tiempo hace que fui al pueblo de mi madre al funeral de un familiar lejano. Y tras la ceremonia una prima de mi abuela se acerca a mí para decirme que cómo me parezco a mi abuelo materno. Sorprendida le pregunté si había conocido a mi abuelo y me dijo que claro, que tenía la carpintería debajo de casa”.

La mujer, esta vez con el cigarro en la mano, le da dos caladas muy rápidas y lo aplasta contra el cenicero, girando con fuerza de izquierda a derecha. Incapaz de hablar mientras lo apaga, lo suelta y en ese mismo instante retoma su relato. “Resulta que mi abuelo era un carpintero, militante sindical, asesinado por pistoleros falangistas en el verano de 1936. Poco después mi abuela se mudó y prefirió hacerse pasar por una madre soltera que por la viuda de un rojo. Así que el día que supe quién era yo de verdad es el día en que nací”.

Cientos de miles de personas no han nacido en nuestro país y posiblemente no lo hagan nunca. Formamos parte de un baile de máscaras que parecen rostros, donde la identidad es una falsa identidad, donde las llaves de Sarah no han abierto miles de puertas que esconde secretos familiares y políticos.

POSDATA: Hace unas semanas estuve en un acto en la localidad albaceteña de Almansa, invitado por la Asociación Pablo Iglesias. Al finalizar una mujer que tendría setenta y pocos años se me acercó para saludarme y que le firmara un libro. “Leo todo lo que tiene que ver con ese pasado”, me dijo. Y me contó que su padre había sido miliciano republicano y había fallecido en los años cincuenta. Pero poco antes de morir le dijo: “Hija mía, si algún día puedes,entérate de lo que ha pasado en este país, que ha sido muy grave”: “Y desde que murió Franco y he podido”, explicó la mujer, “no he dejado de leer”: