Hoy hace 74 años, en una cuneta del Bierzo

Hoy se cumplen setenta y cuatro años del asesinato de los 13 de Priaranza. Estamos a punto de celebrar el décimo aniversario de su exhumación, de hacer memoria de la memoria.

EL DESPERTAR DE LA MEMORIA

La primera parte de esta historia comenzó el 16 de octubre de 1936, en la localidad leonesa de Villafranca del Bierzo. Aquella noche el calabozo del ayuntamiento estaba repleto. Después del atardecer un camión de gaseosas Olarte se situó frente a la puerta y dentro fueron obligados a meterse quince hombres. El vehículo salió en dirección a Priaranza, un pueblo que dista algo más de treinta kilómetros. Tras él rodaba un coche donde cuatro pistoleros se preparaban para un paseo laborioso. Dentro del camión los quince hombres sabían lo que les esperaba; eran militantes de partidos políticos de izquierda y tenían las horas contadas.

Justo antes de entrar en Priaranza el camión se detuvo. El coche de los pistoleros aparcó detrás y dejó los faros encendidos, orientados hacia la cuneta. Nada más abrir la puerta trasera del camión dos de los prisioneros saltaron y salieron corriendo. Las armas no estaban preparadas pero tardaron segundos en taladrar la oscuridad y abatir a uno de los escapados. Pero el otro, Leopoldo Moreira, logró ocultarse y salvó la vida. Mientras corría hacia una de las orillas del río Sil escuchó el repicar de los disparos. Los trece compañeros con los que había estado a punto de compartir la muerte fueron arrodillados en la cuneta. Dos disparos con un proyectil de nueve milímetros les destrozaron el cráneo y la vida.

Leopoldo Moreira corrió enloquecido. El pánico impulsaba sus piernas. Durante toda la noche vagó por un valle sin saber dónde estaba ni a dónde se dirigía. A la mañana siguiente la fortuna le dio una triste sorpresa; amaneció escondido junto a la cuneta donde los cuerpos de sus compañeros yacían asesinados, rodeados por un montón de curiosos y un grupo de niños a los que su maestro había llevado a contemplar la matanza. Aprovechando la luz del día Leopoldo y la visibilidad de las montañas regresó a los alrededores de su pueblo y vivió escapado durante seis meses, antes de ser abatido a tiros. Ese tiempo fue suficiente para lanzar un mensaje hacia el futuro, contando a varias personas lo ocurrido y la zona en la que había sucedido todo.

La segunda parte de esta historia comienza sesenta y cuatro años después. El nieto de uno de los fusilados en Priaranza viajó al Bierzo para realizar un reportaje periodístico. Cuando terminó sus entrevistas visitó a un viejo amigo de la familia, Arsenio Marcos. En medio de la conversación surgió el tema del abuelo fusilado y decidieron ir juntos en busca de la fosa.

Llegaron a Villalibre de la Jurisdicción. Allí preguntaron a varios paisanos. Uno de ellos les dijo que en ese pueblo: “Había más muertos fuera del cementerio que dentro”. Durante cerca de una hora realizaron un macabro recorrido; fosas de dos, de tres, de cinco personas. Pero la que buscaban era de trece; de los quince, uno se escapó y el cadáver de otro fue recogido por su familia a la mañana siguiente, después de que le pagaran diez duros de la época a uno de los jóvenes que los había enterrado. Por fin alguien les contó que a la entrada de Priaranza había una fosa con doce o trece personas. Habían pasado sesenta y cuatro años, pero el tiempo de la memoria es otro tiempo.

Al llegar al lugar indicado un paisano señaló el punto exacto y dijo: “Ahí esta la fosa, bajo esa nogal recrecida”. El nieto miró aquel árbol con emoción. Su abuelo había sido una leyenda familiar y se estaba concretando, su abuelo había sido un desaparecido y estaba regresando, convertido en una cuneta, con una nogal y un par de testigos que recordaban cómo cuando niños el profesor les llevó hasta el lugar de la matanza para que vieran lo que les pasaba a hombres “como aquellos”. Sigue leyendo