Juan Alberto Belloch o como se comportan algunos hijos de franquistas al hacer carrera en los partidos de los perdedores de la guerra civil

Hace unos años recibí un correo electrónico de alguien que aseguraba tener una información que me podía interesar, relativa a la represión franquista. Se trataba de un trabajador del Ministerio de Interior. Un día, en el sótano de unas dependencias del citado ministerio, descubrió un montón de cajas apiladas a lo largo y ancho de una gran pared. Abrió una de ellas y comprobó que eran fichas de represaliados por la dictadura franquista en la postguerra.

Era la primavera de 1996. El Partido Popular había ganado las elecciones y el Gobierno socialista se encontraba en periodo de desalojo; en funciones. El trabajador que encontró esas fichas dedujo que se trataba de algo importante y como militante del PSOE se dirigió al ministro para comunicarle el hallazgo que había hecho e indicarle que habría que hacer pública una documentación tan relevante. Una semana después los miles de fichas desaparecieron de allí y siguieron escondidas durante unos cuántos años más.

Un alcalde de una importante capital de provincia española ha echado un balón de oxígeno al juez del Tribunal Supremo, Luciano Varela, que anda convertido en gran inquisidor que le ha puesto el capirote a Garzón antes de llevarlo a la hoguera. El alcalde aseguró, en respuesta a la pregunta de un periodista, que dejó de ser juez hace 19 años y no le gusta intervenir con su opinión en asuntos judiciales. Pero en un ejercicio de coherencia sin precedentes,…. intervino. Y lo hizo para asegurar que: “Luciano Varela es un gran magistrado, tiene una carrera impecable y es amigo mío”. Para no querer intervenir no está mal. (Y como carrera impecable Varela redujo recientemente la condena de un hombre que dejó tratapléjica a golpes a una mujer asegurando que no existía alevosía).

El ministro que trasladó de escondite las cuatrocientas mil fichas de la represión y el alcalde que ha defendido al inquisidor de Baltasar Garzón son la misma persona. Se trata de Juan Alberto Belloch, el munícipe que le puso una calle a monseñor Escrivá de Balaguer. Belloch es hijo de un juez municipal del franquismo, un hombre moderado, pero que pudo preparar a su hijo para que un día fuera ministro gracias a su carrera en el régimen que culminó en la transición con varios puestos como gobernado civil de San Sebastián, Huelva y Barcelona a la sombra de Rodolfo Martín Villa. Sigue leyendo