Arturo Pérez Reverte, el nuevo novio de la muerte

Albricias, albricias; la fumata blanca de la literatura anuncia que ya tenemos un nuevo Caudillo, un líder capaz de interpretar a un pueblo, de entender sus necesidades, de radiografíarlo con un sólo insulto, de psicoanalizar la historia de nuestra sociedad sin necesidad de analizarla y sentenciar sin matices, sin complejos, sin tolerancia, el pasado reciente.

Arturo Pérez Reverte ha navegado por nuestro pasado y ha encontrado la verdad; una verdad en 3D que sólo él está capacitado para ver. Pero no sólo eso. Sabe que ha sido elegido por los dioses para trasmitirla, para aleccionar a esa panda de borregos que caminamos como zombies por la vida, nos dejamos engañar por los políticos y sólo podemos entender lo que pasa gracias a una mente preclara como la suya. Entre otras lindezas ha dicho que aprobar la Ley de la Memoria Histórica ha sido como ponerles a los españoles una pistola en la mano. Y todos los topicazos: que el 36 se explica en Asturias, que basta de hablar de buenos y malos, etc,… Y una perla que le hace merecedor de su puesto en la Academia: “…el español es historicamente un hijo de puta”…

Pero lo mejor es que él te lo cuente. Siéntate, frótate los ojos y pincha aquí. Entrevista con Arturo Pérez Reverte en el Cultural de El Mundo.

Juan Alberto Belloch o como se comportan algunos hijos de franquistas al hacer carrera en los partidos de los perdedores de la guerra civil

Hace unos años recibí un correo electrónico de alguien que aseguraba tener una información que me podía interesar, relativa a la represión franquista. Se trataba de un trabajador del Ministerio de Interior. Un día, en el sótano de unas dependencias del citado ministerio, descubrió un montón de cajas apiladas a lo largo y ancho de una gran pared. Abrió una de ellas y comprobó que eran fichas de represaliados por la dictadura franquista en la postguerra.

Era la primavera de 1996. El Partido Popular había ganado las elecciones y el Gobierno socialista se encontraba en periodo de desalojo; en funciones. El trabajador que encontró esas fichas dedujo que se trataba de algo importante y como militante del PSOE se dirigió al ministro para comunicarle el hallazgo que había hecho e indicarle que habría que hacer pública una documentación tan relevante. Una semana después los miles de fichas desaparecieron de allí y siguieron escondidas durante unos cuántos años más.

Un alcalde de una importante capital de provincia española ha echado un balón de oxígeno al juez del Tribunal Supremo, Luciano Varela, que anda convertido en gran inquisidor que le ha puesto el capirote a Garzón antes de llevarlo a la hoguera. El alcalde aseguró, en respuesta a la pregunta de un periodista, que dejó de ser juez hace 19 años y no le gusta intervenir con su opinión en asuntos judiciales. Pero en un ejercicio de coherencia sin precedentes,…. intervino. Y lo hizo para asegurar que: “Luciano Varela es un gran magistrado, tiene una carrera impecable y es amigo mío”. Para no querer intervenir no está mal. (Y como carrera impecable Varela redujo recientemente la condena de un hombre que dejó tratapléjica a golpes a una mujer asegurando que no existía alevosía).

El ministro que trasladó de escondite las cuatrocientas mil fichas de la represión y el alcalde que ha defendido al inquisidor de Baltasar Garzón son la misma persona. Se trata de Juan Alberto Belloch, el munícipe que le puso una calle a monseñor Escrivá de Balaguer. Belloch es hijo de un juez municipal del franquismo, un hombre moderado, pero que pudo preparar a su hijo para que un día fuera ministro gracias a su carrera en el régimen que culminó en la transición con varios puestos como gobernado civil de San Sebastián, Huelva y Barcelona a la sombra de Rodolfo Martín Villa. Sigue leyendo

La doble moral como cultura política franquista en el presente o donde pisa la presidenta de la Comunidad de Madrid no crece la esperanza

El general Franco puso el mundo al revés hasta conseguir generalizar un discurso en el que los asesinos y torturadores de la dictadura pudieron aparecer como víctimas del comunismo soviético. Así consiguieron ocultar sus crímenes y desarrollaron toda una estructura en la cultura política de la sociedad consistente en acusar al contrario de lo que uno hace para extender cortinas de humo.

Esa forma de actuar se propagó fundamentalmente a través de la iglesia católica y de la enseñanza, en un país donde miles de falangistas adquirieron por el color de su camisa y una mínima alfabetización una plaza de maestro. Cuarenta años de machaque incluso calaron en las familias de las víctimas que para soportar la existencia bajo un régimen tan represivo llegaron a desarrollar un discurso del algo habrán hecho, como si sus familiares hubieran profanado una lógica por la que luego era lógico que tuvieran que pagar.

Esa cultura ha convivido durante años y sigue trabajando en el insconsciente colectivo de una derecha que no ha reflexionado ni depurado su cultura política con la llegada de la democracia. Franco acusaba a los comunistas de los asesinatos de la guerra creó un hábito de acusar de crímenes a quien interesaba, a pesar de saber que esa no era la realidad (¿le suena a alguien eso a lo que ocurrió con Aznar el 11M?).

Ayer, Esperanza Aguirre, acusó a las gentes del cine de no hablar de la crisis económica en la Gala de los Goya, porque Zapatero les tapa la boca con 89 millones de euros anuales de subvenciones a la industria audiovisual. Incluso, enfrente del Palacio de Congresos de Madrid, donde se celebraba la ceremonia, un grupo de “esperanzistas” gritaba ladrones, aprovechados y gorrones a cada actor o actriz que descendía de un coche. Sigue leyendo

Un rey en busca de una restauración monárquica (de una salida a su propia crisis)

El ciudadano Juan Carlos de Borbón está tratando de devolver a su institución una funcionalidad que no tiene. Las teleseries sobre el 23 de febrero destinadas a reproducir (refabricar) en el presente la legitimidad que fabricó con el golpe de Estado de Tejero no parecen suficientes para que su institución recupere un papel que la haga aparecer como necesaria ante la opinión pública. Es un hecho que para inaugurar Institutos Cervantes y otros centros públicos y privados bastaría con acudir a empresas de relaciones públicas que nos costarían bastante menos a los que financiamos su privilegiada vida.

Ahora resulta que el Rey está intentando poner de acuerdo a los agentes políticos, sociales y empresariales para obtener un remake de los Pactos de la Moncloa que le devuelva la imagen social de que hay cosas que sólo puede hacer un monarca. Si Juan Carlos de Borbón consigue un pacto con la firma de Zapatero y Rajoy habrá recuperado para su institución la impagable imagen pública de poder conseguir algo que no alcanzaban el resto de los mortales. La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, ha agradecido al monarca que arrime el hombro. Esa parece una frase inacabada porque el Rey arrima el hombro a su sardina.

La monarquía española está perdiendo relevancia social, porque algo tan anacrónico no se sostiene simplemente con la novedad de una boda plebeya. No es casual que la Casa Real haga pública la información acerca de la intervención del Rey la misma semana en que su hija se ha divorciado, demostrando cuán terrenales son los miembros de una institución ajena a las decisiones de la soberanía popular.

El ciudadano Juan Carlos ha tenido después del nebuloso 23 de febrero de 1981 oportunidades para significarse como representante de una institución que vela por la legalidad y el bien común, pero no lo ha hecho. Podría haber intervenido cuando se produjo el terrorismo de Estado de los GAL, durante el gobierno de Felipe González; cuando Aznar nos metió en una guerra de Irak, contra la que estaba la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas; o cuando el Gobierno del Partido Popular urdió una de las mayores mentiras de la historia sobre los 191 cadáveres de los atentados del 11M. Ahí tuvo el monarca su oportunidad de oro para legitimar su institución. Pero la monarquía tiene sus propias empresas y no es un poder “objetivo”, sino que tiene el poder como objetivo.

Ahora vemos cómo Juan Carlos de Borbón echa un chorro de tinta sobre el divorcio de su hija (¡¡¡un rey a cuyos nietos bautiza Rouco Varela permitiendo un divorcio en su familia!!!). Y si hay un acuerdo social su mano divina firmará ese milagro del nuevo consenso, para llevarnos en un cuento de príncipes y princesas al final feliz de los Pactos de la Zarzuela.

Una posdata añadida el 17 de febrero: El viaje del rey para encontrarse con Obama forma parte de la misma campaña.

La insoportable levedad de nuestra democracia (y nuestra transición)

Fraga, seguido de Moratino, desciende de un avión oficial en Guinea Ecuatorial

Fraga, seguido de Moratinos, desciende de un avión oficial en Guinea Ecuatorial

Veo un grupo de “líderes” sociales españoles que han acompañado el presidente José Luís Rodríguez Zapatero al desayuno católico que compartió con Barak Obama. En un plano del reportaje distingo a Pedro J. Ramírez, el gran periodista que dio una portada al hombre condenado por vender los explosivos de los atentados de Atocha, Emilio Suárez Trashorras, para decir que era víctima de un golpe de Estado e insinuar que el 11M podía haber sido promovido por el PSOE para dar un vuelvo electoral.

Durante cuatro años Pedro J. Ramírez utilizó su periódico para señalar hacia otro lado, lavarle la cara a José María Aznar y sus chicos y de paso aumentar las ventas a costa de construir una de las mayores mentiras mediáticas de la humanidad. En una democracia de derecho (y de hecho) su vulneración del rigor informativo y su manipulación de una tragedia de tales dimensiones habría tenido consecuencias penales. Pero no sólo no ha sido así, sino que recibe premios como lo es la invitación a acompañar al presidente del Gobierno a un gran encuentro político internacional.

En su novela La insoportable levadad del ser MIlan Kundera utiliza para determinar el modo de vida de sus personajes la teoría del eterno retorno. Si la aceptamos eso quiere decir que a partir del big ban cada uno de nuestros actos se repretirá eternamente y si esta es la primera vez que se llevan a cabo tenemos la inmensa responsabilidad de ser éticamente estrictos. Si no es así nuestras actitudes mueren al momento y su peso es más leve.

La convivencia en democracia con quienes la atacan, la deterioran o directamente la rechazan se convirtió en cultura política institucional durante los años de la transición. La falta de consecuencia de esos comportamientos se ha institucionalizado en nuestra sociedad. Lo mismo va Pedro J. Ramírez en el avión del presidente a USA, que Manuel Fraga (con sombrero de capataz colonial) desciende de un avión oficicial en el que Moratinos iba de visita oficial a Guinea Ecuatorial.

En otra democracia, nacida de un transición fundada en la justicia, a Zapatero lo debería acompañar un periodista que haya desentrañado una oscura verdad y a Moratinos el responsable de un proyecto de cooperación que ayude a democratizar Guinea. Pero vivimos en esta levedad democrática y para que no se repita eternamente tenemos el deber de esforzarnos para mejorarla.