El vómito de Manuel Cobo huele a humo

Un día estaba en casa de mi hermana durmiendo una siesta. Me tumbé en un sofá mientras mi sobrina ponía sobre la mesa una caja de rotuladores, dos o tres folios, se sentaba en un sillón de cuero y se ponía a dibujar. Hacía calor y de vez en cuando yo cambiaba de postura y entreabría los ojos.

Un rato después mi hermana dio un grito; uno de esos bramidos que tratan de paralizar el advenimiento de una catástrofe. Entonces abrí los ojos y vi a mi sobrina estrenándose como grafitera en el sillón de cuero. Al escucuchar el grito de mi hermana tiró el rotulador al suelo y lo miró como si fuera un elemento extraño que acabará de descubrir sobre el parqué.

Mi hermana se acercó a su hija y señalando el sillón lleno de rellajos le dijo: ¡Quién ha hecho esto! Mi sobrina miró agobiada por todas partes. Por un momento se detuvo observándome a mí, pero no encontró la coherencia que buscaba. Localizó a su perro en un rincón, que había levantado la cabeza al escuchar el grito y la había vuelto a apoyar sobre sus patas para seguir dormitando. Y entonces mi sobrina, con firmeza, con convicción, como si creyera que la única forma en que podría salvarse era exagerando su declaración dijo: “Ha sido Roy” .

Mi hermana y yo nos miramos y aunque debimos incumplir en ese momento la mitad de los preceptos de Piaget y que quizá deberíamos haber recriminado con solemnidad que le hubiera echado la culpa al perro, no pudimos contener una larga y extensa carcajada.

Hace dos semanas se rompió el casco que contenía toda la corrupción del Partido Popular. Lo que hasta entonces habían sido como unos hilillos de igularidades se transformaron en enormes evidencias que hacían intuir un crecimiento exponencial por el cual el partido podía comenzar, por exceso de casos, una pérdida de credibilidad ante la opinión pública.

Pero entonces llegó Manuel Cobo y dijo lo del vómito de Esperanza Aguirre. Y el escándalo de corrupción del PP se transformó en una bronca interna y el caso Gurtel desapareció de las portadas.

Imaginemos por un momento que la decisión de nombrar a Rato presidente de Cajamadrid ya estaba tomada y aprobada en las altas esferas populares antes de esta bronca. Imaginemos que ahora con ese as en la manga hay que aprovechar esa situación para alejar de las portadas, de las tertulias radiofónicas y de las mesas televisivas de debate el caso Gurtel. Entonces el vómito de Cobo ha servido de mucho para el partido.

Aunque exista la bronca interna y la posibilidad de que quien controle Cajamadrid esté predestinado a suceder a Rajoy, hay que saber adaptar la realidad a los tiempos, para que las cosas ocurran cuando conviene.

Lo que ha pasado con Manuel Cobo está escrito en el primer capítulo del Manual para la Creación de Cortinas de humo, del parbulitos para políticos. Lo que es menos comprensible es que ese humo lo respiren medios y periodistas que quizá no deberían hacerlo. Es como si mi hermana hubiera castigado al perro.

La transición que tenía que hacer la transición

Comienzan hoy las jornadas “Memorias en Transición: un encuentro iberoamericano sobre derechos humanos y ciudadanía“. La idea es contrastar, comparar, analizar, debatir,… el proceso de transición española a la democracia, tras la muerte del dictador Francisco Franco, con otros proceso llevados a cabo en América Latina. El relato de quienes protagonizaron ese momento de nuestra historia ha transmitido ese proceso como algo ejemplar, importable, idílico en su armonía,… Pero hay algunas afirmaciones o verdades oficiales que debemos contrastar para poder avanzar y mejorar así nuestra democracia. Algunas de esas verdades absolutas son:

-La transición la hicieron los ganadores y los perdedores de la guerra civil y decidieron juntos hacer borrón y cuenta nueva. ¿Seguro que no la hicieron los ganadores de la guerra civil y sus hijos formando parte de los cuadros de los partidos de los perdedores?

-Los padres de la democracia fueron los ponentes constitucionales y el rey Juan Carlos. ¿Los miles de hombres y mujeres que lucharon contra la dictadura franquista no han alumbrado esta democracia, no han inscrito en ellas sus genes?

-En los años de la transición los españoles nos reconciliamos y reparamos los daños de la guerra. ¿Reconciliarse es conciliarse dos veces; no es un hecho que los franquistas conservaron sus privilegios y los desaparecidos continúan por miles en las cuentas sin la más mínima reparación por parte del Estado?

-La ley de amnistía de 1977 fue una conquista de la izquierda. ¿No es una ley que ha creado la impunidad a todos los perpetradores de violaciones de derechos humanos de la dictadura franquista y además cuando se aprobó quedaban sólo 89 presos políticos en las cárceles españolas?

-Las elecciones de junio de 1977 fueron la llegada de la verdadera democracia y todas las ideas aterrizaron en el Parlamento. ¿Pero no es cierto que para la celebración de esas elecciones no se legalizaron los partidos a la izquierda del PCE y en especial los significativamente republicanos, para que nadie en ese Congreso de los Diputados cuestionase la jefatura del Estado en la elaboración de la Constitución?

Muchas cosas se han transmitido para justificar lo que ocurrió, para hacer una épica de aquellos años y en muchos aspectos para edulcorarlos, cuando estuvieron llenos de miedo y violencia; casi 300 asesinatos entre noviembre de 1975 y febrero de 1981.

Es difícil interpretar si se podría haber hecho otra cosa, porque los que tenían las armas consquistaron muchos de sus objetivos en democracia. Por eso el relato épico edulcorado (que alcanza su clímax en los documentales de Victoria Prego) debería transitar del mito al logos. Pues en eso estamos.

La palabra ÉTICA estudia emprender acciones judiciales contra José María Aznar

Según han dado a conocer fuentes lexicográficas, la palabra ÉTICA, que casualmente precede en el Diccionario María Moliner a ETÍLICO y sucede a ETERNIZARSE (qué sabio en su orden es el lenguaje), estudia emprender acciones judiciales contra él ex presidente del Gobierno español, José María Aznar.

Al parecer todo se ha desencadenado cuando el susodicho vocablo ha tenido conocimiento de que el ex presidente José María Aznar ocupará una catedra de ÉTICA en la Universidad Murciana católica de San Antonio.

Entre los argumentos previstos por los demandantes se encuentra el haber financiado a la Fundación Francisco Franco con el dinero de todos los españoles, haber fingido hablar en catalán en la intimidad, haber simulado ser lector de poesía, haber descubierto cual es la distancia más corta entre dos grandes mentiras durente su gestión tras el atentado del 11M y otros comportamientos poco democráticos que los abogados expondrán en la vista.

El representante legal de las palabras que comienzan por la letra “E” argumentará en su demanda los daños que causará a la imagen y el honor de la palabra ÉTICA la titularidad en esa cátedra de un sujeto tan alejado de su significado. Será la primera ocasión en la que un término emprende acciones judiciales en defensa de su honor, por lo que se vislumbra en el horizonte un interesante debate acerca de la gestión del lenguaje que quizá requiera la creación de una Fiscalía Filológica.

Los demandantes solicitarán al Juez poder ver la factura de la boda de la hija del acusado, por si los daños pudieran ser mayores.

Seguiremos informando.

“La obligación de los gobernantes es escuchar a la gente”

Lo ha dicho Mariano Rajoy, para explicar que la manifestación del otro día contra la ley del aborto debería llevar al Gobierno a derogarla. Inmediatamente la frase: “escuchar a la gente” ha resonado en mi cabeza. De repente me he visto junto a cientos de miles de personas protestando contra una guerra a la que el visionario José María Aznar nos llevó en su intento de acaudillarnos; una guerra que ya ha destrozado decenas de miles de vidas. Recuerdo otra manifestación con miles de personas contra el desastre incrementado exponencialmente por el Gobierno popular tras el accidente del petrolero Prestige. Me he visto junto a unos miles de ciudadanos pidiendo frente a la sede del PP de la madrileña calle Génova la verdad acerca de la autoría del atentado de 11-M.

Sin saber por qué, pero no exento de lógica, he saltado a la imagen de Aznar manifestándose contra la ley del aborto; algo que sólo le parece un crimen si gobierna el PSOE. Luego he pensado en Aznar acercando presos de ETA en 1998 y protestando cuando el gobierno de Zapatero inició el diálogo en marzo de 2006; algo que sólo es claudicar ante los terroristas cuando gobierna el PSOE.

Y entonces he deducido que quizá lo que podría parecerle un crimen a Aznar es que gobierne el PSOE y ese hecho también podría parecerle una claudicación ante la democracia. Por la misma razón, si Mariano Rajoy dice que el Gobierno debe escuchar a los ciudadanos ?eso quiere decir que cuando ellos ganaron las elecciones y nos los escucharon no eran un Gobierno?…. a saber lo que eran.

POSDATA CON ANIVERSARIO: Hace ahora un año que el juez Baltasar Garzón obtuvo el acta de defunción del dictador Francisco Franco. ¿Alguien sabe si ya está escrita el acta de defunción del franquismo?

Hace 73 años que fusilaron a mi abuelo

Hoy 16 de octubre de 2009 se cuempen 73 años desde que una banda de pistoleros de falange asesinaron a mi abuelo junto a otros 13 civiles, militantes de izquierdas. Unas semanas antes de que se abriera la fosa en la que se encontraban sus restos escribí un artículo en el diario La Crónica de León que se titulaba Mi abuelo también fue un desaparecido. Han pasado nueve años desde que fue exhumado y muchas cosas.

 

Mi Abuelo También Fue Un Desaparecido

Soy nieto de un desaparecido. Mi abuelo se llamaba Emilio Silva Faba. Lo mataron a tiros junto a otras trece personas y lo abandonaron en una cuneta, a la entrada de Priaranza del Bierzo. Todas sus honras fúnebres consistieron en un agujero y unas palas de tierra bajo las que todavía hoy están sus restos.

Su hijo, Ramón Silva, tenía ocho años cuando le acompañó hasta la puerta del ayuntamiento de Villafranca. Esa fue la última vez que le vio. Más tarde, otro de sus hijos, Manolo, que tenía seis años, fue a verle con su madre. Mi abuelo le dio a su mujer, Modesta Santín, un reloj y un anillo con sus iniciales. Cuando le dijeron adiós ella ya presentía que no lo vería nunca más. A la mañana siguiente, Emilio, otro de sus pequeños, de 10 años, fue a llevarle el desayuno. El guardia que había en la puerta del ayuntamiento le dijo que no sabía nada de su padre, que no estaba allí y que posiblemente habría saltado por una ventana.

Mi abuela, Modesta Santín, y sus seis hijos se quedaron sin padre. Otras trece familias, las de los compañeros que murieron asesinados junto a él, se quedaron sin padre, sin tío, sin hermano… Ocurrió el 16 de octubre de 1936. El pasado sábado, sesenta y cuatro años despues, pudimos poner una placa en memoria de los muertos. El mármol decía: “A todos los que dieron su vida por la libertad y la democracia”. Pronto se abrirá la fosa y serán exhumados los restos. Por fin sus familiares tendrán un cementerio donde visitarles. Pero no a todos. Diez de ellos aún no tienen nombre. No sé quiénes son. He rastreado la historia sin dar con ellos.

Pero hay otra historia que sí puedo contar. El largo camino recorrido para rescatar a mi abuelo y a sus compañeros del olvido.

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Homenaje a mi abuela Modesta

Elige una mesa solitaria y se sienta en la terraza de la cafetería, frente al ayuntamiento en el que sesenta y cuatro años antes fue detenido su abuelo. Es un día soleado y en la plaza varios peregrinos miran mapas, sacan sus pies de las botas para relajarlos, detienen sus bicicletas para tomar un respiro o intentan localizar las flechas amarillas que les indican por dónde deben seguir su camino. Remueve distraído el café con leche y repasa las anotaciones de su cuaderno; en los márgenes apunta correcciones, ideas o comentarios. Alza la vista y observa la puerta a la que un día se acercó su padre para llevarle al abuelo detenido algo de comida y una muda limpia. Imagina al guardia que al principio ignora conscientemente a aquel muchacho que le mira con los ojos asustados y después le dice sonriendo, a ese niño angustiado al que le faltan dos días para cumplir diez años, que el padre al que quiere visitar ha escapado por una ventana, que ya no está ahí. En ese momento es capaz de sentir cómo a su padre se le evapora la infancia, se le apaga el mundo, se le paraliza el corazón y la angustia le recorre el cuerpo de los pies a la cabeza, antes de llegar resoplando a casa para decirle a la madre que padre se ha fugado, que según le dicen saltó por una ventana y no saben nada de él.

La imagen de su abuela gritando, desesperada, asustada, incapaz de recoger los añicos de su biografía rota, herida de la manera más profunda, se instala en su cabeza. La ve tirando cualquier cosa que tuviera en ese momento en la mano, soltando el delantal como si quedara suspendido en el aire al tiempo que sale corriendo hacia el ayuntamiento, desbocada, poseída por un temor sin límites, por un dolor infinito, por la terrible sensación de que algo fundamental se ha desprendido de su vida para siempre. Apenas respira hasta que llega a la plaza e interroga al falangista que vigila la puerta. El hombre le recrimina pero la angustia la incapacita para controlarse y grita que quiere que le digan dónde está su marido, que quiere saber qué le han hecho. Al tiempo le sujeta los brazos al hombre que vigila la entrada, se los agita, como si tratara de acelerar la respuesta para despejar una décima de segundo antes esa duda terrible, esa nube de plomo que acaba de derramarse sobre su horizonte. El guardián la empuja, se separa de ella y esta vez se ahorra la sonrisa para decirle que su marido no está allí, que él no ha hecho el turno de noche pero cree que se escapó. Y entonces ella, convertida en un inmenso lamento trata de entrar, de ver que ya no está, y el guardia la sujeta, mientras ella patalea, araña, lucha. Quiere recorrer cada rincón de aquel edificio, quiere oler las baldosas, la reja de la celda donde su marido ha estado detenido, el catre donde ha dormido, respirar el último aire con el que él ha llenado sus pulmones, comprobar que no le mienten y quizá no quieren que lo vea torturado, golpeado, amoratado. Pero entonces otros dos hombres salen a su encuentro y la sujetan y le dicen que no tiene nada que buscar, que a su marido lo llevaron de paseo.

La mujer sigue luchando, batallando; intenta esquivar lo inevitable, hasta que un grito sale de su garganta, un grito que nunca más volverá a repetir, un grito que asusta y paraliza el aire, lo tiñe, lo oscurece; que detiene a todos los que en ese momento atraviesan la plaza, que estremece a quienes saben exactamente lo que significa, que congela las lágrimas de sus hijos, que la han seguido hasta allí asustados porque presienten que se les evapora la infancia y no identifican exactamente por qué, hasta que aquella palabra, aquel polisílabo con el que su madre enuncia una verdad que deja de existir en ese mismo instante: “¡Asesinos!”.

La garganta de la madre lanza aquel estallido como una inmensa ola que derrumba el silencio que en las últimas semanas el pueblo ha construido para vivir como si aquellos crímenes no estuvieran ocurriendo, como si los camiones que de noche salen cargados después del toque de queda no fueran a ninguna parte, como si las mujeres a las que no se les permite vestir de luto no se mordieran los labios para sujetar su llanto, como si nadie viera a los niños con la mirada perdida que de un día para otro abandonan la escuela para ir a trabajar, como si no hubiera familias que un día recogen sus pocas pertenencias y abandonan el pueblo porque lo que hasta ese día era suyo ha dejado de pertenecerles.

 

 (Del libro que estoy escribiendo: Agujeros en la niebla)

TODOS Y TODAS SOMOS ALBERTO RUIZ GALLARDÓN

Todos y todas hemos tenido alguna vez un sueño de gran formato, un deseo que no cabía en nuestra casa, en nuestra cabeza, incluso en nuestra vida. Todos hemos dado algún paso hacia un lugar en el que aspirábamos a sentir la dicha, la felicidad, la plenitud de nuestra existencia.

Alberto Ruiz Gallardón es uno de nosotros y un día pensó en que la ciudad en la que es alcalde podía aspirar a ese sueño. Y entonces comenzó a caminar hacia allí pero la realidad es a veces tozuda y torció por dos veces su destino.

Todos y todas hemos estado alguna vez sin saber dónde meternos después de algo que nos ha echado el mundo encima, deseando que nos trague la tierra. Eso es lo que pasa ahora mismo al alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón.

Pero Gallardón es en cierto modo alguien especial, una persona megalómana que ha convertido la ciudad de Madrid en la Sodoma y Gomorra de las grandes constructoras, que ha convertido durante años la ciudad que gobierna municipalmente en un congreso internacional de tuneladoras, en una campeonato del mundo del endeudamiento, en la copa de los cinco continentes del gasto público en políticas asociales.

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